martes, 15 de abril de 2014

Nuevos temas de la evaluación educativa


Las evaluaciones estandarizadas de Calidad Educativa nos informa sobre el funcionamiento del sistema educativo en su conjunto, pero por si sola, no puede abarcar el concepto de Calidad Educativa en su totalidad ¿Qué otros aspectos considerar? El siguiente artículo hace su aporte a la comprensión del tema.


En este apartado abordamos cinco elementos que, como primeros y pequeños pasos, deberían ir avanzando en la consecución de esa mirada integral.

1.- Una mirada global: estudiantes y docentes en sus escuelas
En la actualidad existe consenso en considerar a la escuela en su conjunto como el centro de la actividad educativa formal a la hora de evaluar lo que los niños alcanzan en su proceso. La información se fragmenta y no aporta mucho para la mejora requerida si, por ejemplo, los logros o aprendizajes de los estudiantes no se enmarcan y analizan en relación con las características y condiciones de la práctica docente, con los recursos disponibles, con el acceso y uso de tecnologías, con el clima de la escuela y el aula o con las expectativas que sobre ellos manifiesten docentes y directivos, entre otros. Por ello, si se quiere avanzar en calidad, los sistemas de evaluación deben considerar la escuela en su integralidad y complejidad pedagógica, social y cultural, como el espacio que mejor información puede proporcionar respecto de la eficacia, eficiencia, pertinencia, relevancia y equidad de la educación que están recibiendo los niños y los jóvenes.

La equidad se inicia y se juega en el aula y en la escuela. En consecuencia, se requiere contar con docentes justos y competentes trabajando en el aula, así como directivos atentos y preocupados por el desempeño de los profesores y su consecuencia en los avances y resultados de los estudiantes. La calidad y equidad educativa requieren la convicción profunda de que todos los niños pueden aprender y tienen el derecho de recibir los recursos, la orientación y apoyo pedagógico necesario para lograrlo y desarrollarse integralmente.

En este punto conviene remarcar que los logros y resultados de los estudiantes, así como la apropiación de principios y valores individuales y colectivos, son una clara consecuencia de las rutinas, procesos, subjetividades y prácticas de las escuelas y sus comunidades, haciendo necesario poder contar con estrategias e instrumentos que –al evaluar lo que ocurre con los estudiantes– lo hagan considerando todo lo anterior, de una manera justa y contextualizada. Resulta así imprescindible tener en cuenta todos los factores que a nivel institucional, propios de los docentes y del aula, permiten o limitan el acceso al conocimiento, a la apropiación de aprendizajes significativos y al desarrollo integral de sus estudiantes.

Evaluar la escuela en su conjunto favorece la comprensión de un micro-espacio público en el que se refleja y proyecta la sociedad a partir de realidades y contextos específicos, y en el que las acciones educativas y sus consecuencias adquieren una trascendencia relevante para orientar el desarrollo de la sociedad que se quiere alcanzar. Así, la evaluación de centros escolares que informa al sistema y reingresa los resultados a las propias escuelas y a las comunidades educativas contribuye al fortalecimiento y apoyo del sistema educativo como a las propias instituciones escolares. Ello permite que se articulen y atiendan adecuadamente necesidades de poblaciones muy diversas, desiguales y heterogéneas, entregándoles los elementos que les permitan instalar las condiciones para que cada niño obtenga aprendizajes significativos, mejore sus rendimientos y se incorpore y aporte como ciudadano pleno a la sociedad.

2.- Evaluar el funcionamiento de las administraciones educativas
La posibilidad de ofrecer una educación de calidad en cada escuela se sostiene y depende de manera importante en la calidad de la gestión que realizan las administraciones educativas. En efecto, recaen en ellas funciones y responsabilidades pedagógicas, administrativas y financieras esenciales para el buen funcionamiento de los centros y la calidad de los resultados escolares, tales como: la política de contratación de los maestros y directivos; la fijación de remuneraciones; la generación, distribución y uso de recursos; la supervisión y monitoreo de la ejecución de programas educativos y sociales implementados en las escuelas; las ofertas de formación continua pertinentes; los sistemas de supervisión y apoyo técnico pedagógico a los establecimientos, entre otros.

Así, cuando estas entidades instalan mecanismos de apoyo y supervisión técnico-pedagógicos o gestionan los recursos en función de las necesidades y características propias de los centros, se afectan positivamente las prácticas de gestión escolar, los procesos de enseñanza-aprendizaje y el sentido de pertenencia de toda la comunidad educativa, generando identidad, compromiso y responsabilidad con los procesos de aprendizajes y con las metas de logros de los estudiantes. Por el contrario, cuando persiste una visión de la administración de las escuelas centrada fundamentalmente en el gasto que estas reportan y solo se limitan a repartir los recursos entregados por los ministerios para que ellas sigan funcionando, sin atender a los procesos, avances o dificultades que presentan, su gestión no contribuye a fortalecer las acciones que permitirían mejorar aprendizajes y logros escolares, ni refuerza el desempeño profesional de docentes y directivos (Espínola y Silva, 2009).

La calidad de la gestión y apoyo de las administradoras educativas de escuelas que atienden sectores pobres han sido principalmente cuestionados por no estar atentos a las necesidades de dichas escuelas y sus actores para funcionar de manera adecuada. Se objeta su rol en la entrega y distribución de recursos, así como en la supervisión y regulación que le corresponde en los aspectos administrativos que inciden directamente en el rendimiento de los niños, tales como ausentismo y abandono escolar, selección y distribución de profesores, reemplazos y estrategias para atender y controlar el ausentismo docente (Gvirtz). De la misma manera, se ha visto que cuando las administradoras realizan un apoyo pedagógico adecuado a través de sus equipos técnicos se observan mejores procesos y aprendizajes en los alumnos. En consecuencia, resulta necesario evaluar el desempeño de las administradoras responsables de las escuelas, en todos los aspectos anteriormente mencionados.

3.- La evaluación de la participación social en las políticas educativas
La educación es una tarea que compete a la sociedad en su conjunto. Desde esa lógica, es indispensable ampliar y fortalecer la participación social, fomentando el compromiso y la corresponsabilidad de todos los sectores de la sociedad (públicos y privados). Para ello, las sociedades y sistemas educativos han de promover la participación social, generando las condiciones para integrar y ampliar la participación ciudadana en la formulación, ejecución y evaluación de políticas educativas, con el fin de hacerlas más pertinentes, relevantes, a la vez que se las valida y legitima, asegurando así los efectos e impactos buscados desde ellas.

Una amplia participación social en educación abre la puerta a la institucionalización de mecanismos y sistemas de rendición de cuentas y responsabilización (accountability) por lo hecho en educación. Dichos mecanismos se consolidan como aspectos determinantes para la calidad educativa y en ellos la evaluación puede aportar de manera sustantiva. Al respecto, son al menos cuatro los elementos implicados en la accountability que reconoce la literatura:
a) información sobre la calidad de los procesos y resultados del sistema educativo;
b) estándares necesarios para saber cuál es la distancia entre los logros alcanzados y aquellos deseables y esperados;
c) autoridad para lograr que determinados actores tengan la capacidad de tomar decisiones con el fin de mejorar la calidad del servicio, y
d) consecuencias para la cadena de actores que otorga el servicio.

Por último, y dado que la participación en educación compromete distintos niveles y actores, resulta interesante detenerse en los principales, a fin de visibilizar cuáles serán los desafíos para la evaluación.

• La participación de los organismos de la sociedad civil. Los diversos actores o grupos de interés de la sociedad civil que participan del campo educativo requieren de una atención especial desde la evaluación. Ellos difieren no solo desde sus intereses sino que respecto de su ubicación en el escenario educativo (administradores, financistas, investigadores, garantes o controladores, por ejemplo) y de sus grados de incidencia en las políticas que se diseñan e implementan en educación, todo ello considerando también su particular expresión en los distintos países.

• La participación de la comunidad local. A nivel local, la participación de asociaciones comunitarias, organizaciones territoriales, culturales, deportivas, etc., adquiere especial relevancia en la educación para dotarla de pertinencia, al mismo tiempo que evidencia roles y responsabilidades necesarias de ser ejercidas y cumplidas por sus distintos actores desde este micro espacio. Incluir una mirada evaluativa que, por ejemplo, dé cuenta de la existencia de redes de apoyo hacia las escuelas o de estrategias y espacios de articulación con empresas, universidades y fundaciones ciertamente favorecerá la calidad de la educación y recursos con que cuenten las escuelas.

• La participación de las familias. La evidencia empírica muestra una relación clara entre logros educacionales e involucramiento familiar, especialmente respecto del grado de participación de los padres en el proceso educativo. Por su parte, McNeal indica que la participación de los padres reduce las posibilidades de deserción escolar, mientras que Willms constata que aminora las posibilidades de repitencia. Algunos estudios también señalan que el efecto varía según el nivel social del alumno. De este modo, se dispone de suficiente evidencia para afirmar que los niños cuyos padres son parte fundamental del proceso formativo tienen una mejor oportunidad para adquirir las habilidades sociales que los llevarán al éxito en la escuela y en la vida. La evaluación ha de dar cuenta también del tipo de participación que aporta en tal dirección.

A partir de lo anterior, se hace visible la relevancia de la evaluación de la participación social en educación, completando así el conjunto de dimensiones y factores que determinan, finalmente, los procesos y resultados que se generan y obtienen en el micro espacio de una clase.

4.- Del qué al porqué: los estudios de factores asociados
En la actualidad no es posible conformarse con formular una valoración acerca del desarrollo o los resultados del trabajo de alumnos, docentes, escuelas, programas o sistemas educativos. Si se pretende aportar ideas que contribuyan a incrementar los niveles de calidad y equidad de la educación, es imprescindible dar respuestas válidas sobre las razones que explican ese desarrollo o esos resultados. De esta forma, y en simultáneo con el qué, se ha de avanzar en los porqué de la situación.

En coherencia con esta idea, la mayoría de los sistemas de evaluación de la región se han planteado la necesidad de desarrollar estudios de factores asociados. Sin embargo, aún hay mucho trabajo por realizar en esa línea. Los estudios son escasos, poco difundidos, no siempre rigurosos desde lo técnico y metodológico y, lo que a la postre es más grave, tienen una insuficiente utilización para la toma de decisiones en los diferentes niveles del sistema educativo: aula, escuela y sistema educacional, de manera tal que se hace necesario dar algunos pasos más allá para los estudios de factores asociados:

• Diseñar y desarrollar estudios (como se planteaba para la evaluación) de factores asociados para el nivel secundario, para la educación preescolar y para la posobligatoria, es decir, ampliar el estudio de factores asociados a la concepción de educación a lo largo de toda la vida.
 • Estudiar el tema de los efectos escolares y sus propiedades científicas (estabilidad, consistencia, eficacia diferencial y perdurabilidad de los mismos).
• Conocer los factores asociados a la adquisición de valores.
• Profundizar en lo que ocurre en el aula.
• Diseñar y desarrollar estudios longitudinales.

 Además, es importante subrayar tres ideas fundamentales que han de orientar la investigación sobre factores asociados. En primer término, es necesario nunca perder de vista a la equidad de la educación como una mirada caracterizadora de los estudios de factores asociados. Tal y como señala Murillo, una de las notas características de la investigación sobre factores asociados en América Latina ha sido la preocupación por la equidad de la educación, tanto en el objeto, muy centrada en escuelas en contextos menos favorables, como en el objetivo de estudio. Y ese valor debe permanecer y reforzarse para cambiar la situación en la región del mundo, no debe olvidarse, más claramente inequitativa.

En segundo lugar, parece necesario volver la mirada a las pedagogías. Ya no es todo gestión o acción docente, también es fundamental recuperar esa visión global de por qué, para qué, qué y cómo de la acción educadora. Así, más allá del análisis de las actividades que desarrolla el docente e incluso de las didácticas como estrategias que facilitan el aprendizaje, es preciso regresar a la pedagogía como el conjunto de saberes que se ocupa de la educación como fenómeno típicamente social y específicamente humano.

Por último, es preciso avanzar en una mirada global de los factores asociados. Una escuela de calidad no es la suma de la suma de elementos aislados. Estas escuelas tienen una forma especial de ser, de pensar y de actuar, algo que puede ser llamado como una cultura de calidad (Murillo). Y en esta mirada global, la comunidad escolar y los autores educativos (más que los actores) cobran una especial relevancia, por cuanto son ellos quienes generan, crean y readecuan dichas formas de ser, de actuar y pensar.

5.-  La participación social en el diseño y el desarrollo de las políticas públicas de evaluación educativa
Si se pretende que la evaluación contribuya de una forma eficaz a mejorar los niveles de calidad y equidad de los sistemas educativos y no se convierta en un mecanismo de dominación hacia los más débiles, es imprescindible que su diseño y desarrollo se realicen mediante un proceso de negociación con el conjunto de la comunidad educativa.

Efectivamente, la participación social en las políticas de evaluación educativa se constituye hoy día no solo como una exigencia ética imprescindible, sino como la única forma en que la evaluación puede contribuir al desarrollo de procesos de cambio, tanto personales como institucionales y socioculturales, que tengan un impacto real en la mejora de la educación. Y esta afirmación se ve sustentada por los siguientes postulados:

• La participación social en el diseño de políticas públicas se erige como un requisito imprescindible para el desarrollo de una sociedad plenamente democrática.
• La experiencia ha demostrado en muchos países que en los casos en los que la evaluación no ha sido negociada y consensuada con los diferentes actores se convierte en una simple maquinaria represora. Y ello se aplica tanto para la evaluación del aprendizaje de los alumnos como para la evaluación de los docentes, las instituciones o los programas.
• Cualquier proceso de mejora implica necesariamente un proceso de reflexión, comprensión y enriquecimiento de la propia práctica de estudiantes, docentes, directivos, administradores o supervisores. Por ende, la evaluación solo será útil en la medida en que contribuya a esa reflexión personal y colectiva, es decir, en la medida en que sea aceptada, creíble y útil.

De esta forma, la evaluación en educación debe ser diseñada considerando que su finalidad última es incrementar los niveles de calidad y equidad de los sistemas educativos, pero también que definir y consensuar el qué, el para qué y el cómo ha de hacerse dicha evaluación son procesos y respuestas en las que debe participar la sociedad en su conjunto.


Extraído de
RETOS EN LA EVALUACIÓN DE LA CALIDAD
DE LA EDUCACIÓN EN AMÉRICA LATINA
F. Javier Murillo
Marcela Román
REVISTA IBERO-AMERICANA DE EDUCAÇÃO. N.º 53 (2010), pp. 97-120

jueves, 6 de marzo de 2014

Punto de partida: Un enfoque global e integral de la evaluación de la calidad


La idea de “Calidad Educativa” es sumamente compleja, y posee numerosos componentes. Para evaluarla se deben tener en cuenta la forma con que ellos se interrelacionan, y requiere juicios de valor que ayuden a la toma de decisiones. Desde este punto de vista, las Evaluaciones de Calidad Educativa son consideradas muchas veces desde una perspectiva reduccionista, sin considerar que hacen falta otros instrumentos adicionales. El siguiente artículo nos aclara el panorama.


Evaluar la calidad de la educación exige un enfoque global e integral (Tiana), acorde a la complejidad y finalidad del objeto de dicha evaluación. Efectivamente, una adecuada evaluación de la calidad de la educación requiere una perspectiva desde la cual la valoración de sus componentes esté interrelacionada y se asuma la interdependencia que existe entre dichos componentes. La evaluación desde esa mirada exige hacer un juicio de valor sobre cómo se desarrolla y qué resultados genera el conjunto del sistema educativo y sus componentes; es decir, desde la estructura, organización y financiamiento; el currículo y su desarrollo; el funcionamiento de las escuelas; el desempeño de los docentes; lo que aprenden los estudiantes en el aula y sus consecuencias en el acceso a oportunidades futuras y movilidad social. Requiere un juicio de valor que alimente la toma de decisiones dirigida a la mejora de los niveles de calidad y equidad de la educación y lo haga a partir de una adecuada lectura y análisis macro y micro, así como desde los propios actores del escenario educativo.

Esta perspectiva se basa, igualmente, en el reconocimiento de que la educación es una tarea compartida y desarrollada en un sistema que implica interacciones entre diferentes actores, contextos y organizaciones. Hoy se apuesta por sistemas integrales e integrados de evaluación que incluyan y articulen la evaluación de los diferentes componentes del sistema, tales como la evaluación de alumnos, docentes, directores, escuelas, programas y las administraciones educativas (OREALC-UNESCO, 2007). De esta forma, no es posible considerar a los estudiantes sin pensar en sus docentes, en las escuelas, en los programas educativos, en la administración y en el sistema educativo como un todo indisoluble.

Con excesiva frecuencia se ha evaluado la calidad educativa desde una perspectiva claramente reduccionista, mediante la aplicación de pruebas de rendimiento acompañadas, en algunos casos, por cuestionarios que buscan recoger alguna información de contexto. Sin desconocer la utilidad de esa propuesta, parece claro que tal planteamiento significa restringir un término tan rico y complejo a una sola de sus dimensiones.

De esta forma, para mejorar la calidad de la oferta educativa y distribuirla de manera justa, no basta con la aplicación de buenas evaluaciones aisladas. Se requiere que estas dialoguen entre sí y formen parte de un mismo proceso de análisis, reflexión y proyección de lo hecho y necesario por hacer, desafío que, centrándose en el campo educativo, se inserta en una visión de cambio de la sociedad en su conjunto.

Una rápida mirada por los países de la región permite identificar una serie de acciones, procesos y estrategias más o menos institucionalizada, desarrollada por los sistemas de evaluación que han abordado algunos de los distintos componentes, casi siempre de manera aislada del resto.

En la actualidad se han desarrollado en la totalidad de países de América Latina buenas experiencias de evaluaciones nacionales centradas en el aprendizaje de los alumnos. La mayoría se inicia en la década de los noventa o pocos años antes y dan cuenta del rendimiento de los estudiantes de educación primaria y secundaria en lengua y matemática, sectores de aprendizajes esenciales para el acceso al conocimiento, manejo y apropiación de códigos culturales básicos que posibilitan la inclusión en las sociedades. En los últimos años, varios países han incorporado la evaluación del desempeño en ciencias de la naturaleza, ciencias sociales y, en algunos pocos casos, se está evaluando también aspectos del desarrollo cognitivo y afectivo de los estudiantes.

En la mayoría de los países se han desarrollado sistemas de evaluación externa del desempeño docente, normalmente con repercusiones en el escalafón docente o en el salario. Sin embargo, estas aparecen aisladas de la evaluación de otros componentes del sistema, especialmente de la evaluación de las escuelas, relación que parece imprescindible para conseguir una evaluación equitativa y justa.

Dentro de la producción de conocimiento de la última década sobre equidad y calidad de los sistemas escolares, resalta el componente relativo al perfeccionamiento y gestión de los recursos humanos, en particular, de los profesores y, más recientemente, de los directores de centros educacionales. A pesar de lo evidenciado por distintas investigaciones e intervenciones en relación con el peso que adquiere la función directiva en la cultura escolar, en la calidad del trabajo docente, en la generación de mayores expectativas y eficacia de los establecimientos y, por ende, en el rendimiento escolar, el análisis y la evaluación del desempeño de los directores han estado postergados en casi toda América Latina por cerca de dos décadas de reforma educativa.

Aisladas y menos frecuentes son las iniciativas de evaluación de escuelas, tanto de carácter externo como experiencias de heteroevaluación, impulsadas por las administraciones educativas que consideren su complejidad institucional en sus múltiples dimensiones: gestión escolar, procesos de enseñanza-aprendizaje, vínculos con la comunidad y la familia, resultados y logros de sus estudiantes, gestión de la convivencia y el clima, uso de recursos, infraestructura y equipamiento, entre otros.

No hay experiencias de evaluación de la propia administración educativa y de sus servicios, tales como: distribución y uso de recursos humanos y materiales diferenciados según necesidades institucionales, selección y contratación de recursos humanos, efectos y consecuencias de los programas educativos implementados, ofertas de formación continua pertinentes, sistemas de supervisión y apoyo a los establecimientos, entre otros.

Considerando lo anterior y la necesidad de evaluar la calidad educativa desde la perspectiva señalada, resulta ineludible contar con sistemas de evaluación integrados que consideren, como ya se dijo, los diferentes componentes del sistema educativo y cuya evaluación permita que estos se apoyen y retroalimenten. Esto no significa, por ejemplo, que los resultados de la evaluación de los alumnos deben ser la base de la evaluación de los docentes, a la vez que la de los directores. La evaluación de los distintos componentes (alumnos, docentes, directores y otros profesionales, instituciones, programas y administraciones educativas) tiene sus propios objetivos, metodología y repercusiones diferenciadas. Sin embargo, para que la información generada sea útil y oportuna para la toma de decisiones y optimice la calidad de la educación de los sistemas, debe ser analizada y considerada como parte de un todo y no de manera aislada.



Extraído de
RETOS EN LA EVALUACIÓN DE LA CALIDAD DE LA EDUCACIÓN EN AMÉRICA LATINA
F. Javier Murillo
Marcela Román
REVISTA IBERO-AMERICANA DE EDUCAÇÃO. N.º 53 (2010), pp. 97-120

miércoles, 8 de enero de 2014

La Educación en Shangái


En uno de los párrafos el autor afirma “Normalmente en un aula de Shanghái, los estudiantes están totalmente ocupados y comprometidos en su totalidad; no se tolera la falta de atención en los estudiantes. La concentración intensa en el trabajo se considera responsabilidad del estudiante en la cultura china”, la nota se sitúa como respuesta a los resultados de PISA 2009, ratificados en las evaluaciones PISA 2012 ¿No se trata acaso del elemento más importante para una “Calidad Educativa”? ¿No son entonces las representaciones sociales sobre el sentido de “Aprender” el factor decisivo?


Aquí transcribo lo que fue o debió ser mi exposición el día sábado (11 de junio) en la clase de Teoría Organizacional en el posgrado de la Facultad de Educación de la UNMSM; el profesor Francisco Arteaga, muy generoso, me calificó con 20. Escribo "debió", porque ya en el ruedo me ahorré varios datos. He procurado resumir un par de libros y toda o casi toda la información existente de Internet en español e inglés.

Los mejores estudiantes del mundo
Shanghái constituye el centro económico de China; fue la ciudad más grande y próspera en el Lejano Oriente ya durante la década de 1930, y ha seguido siendo hasta hoy la ciudad más desarrollada de China. Actualmente es el mayor puerto del mundo si se considera el volumen de mercancías.
Las autoridades chinas en Shanghái son conscientes de que la educación es la base para el progreso económico, político y cultural, por esta razón tiene hoy una gran prioridad en la agenda de desarrollo socio-económico y ha logrado mantenerse en la vanguardia; esto último es demostrado, sin lugar a dudas, en el 2009 con las últimas pruebas del PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes), en donde Shanghái ha obtenido los primeros puestos en todas las áreas (lectura, matemáticas y ciencias), dejando atrás a Finlandia, Corea del Sur, Japón y Canadá, países que consecutivamente desde el 2000 se han ubicado en los primeros lugares.
¿Que ha hecho Shanghái para que su sistema educativo sea considerado ahora el mejor del mundo, si nos atenemos a los resultados del informe PISA?
Estimo que los logros de la educación en Shanghái y Hong Kong (ubicada entre los cuatro primeros lugares del PISA) son consecuencia de sucesivas reformas que se han ejecutado en China desde la década de 1990.
Para explicar los logros de Shanghái, Hong Kong, Corea del Sur y Japón, Eric Charbonier, experto de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), manifiesta que "este éxito se explica por el hecho de que sus sistemas educativos asocian calidad y equidad".
Hugo Ñopo, experto del BID, en una entrevista concedida a un medio colombiano resume bien lo que la OCDE supone son los factores de éxito en Shanghái:
“(1) el desarrollo de un sistema educativo inclusivo, en contraste con el de “escuelas élite” que prevalecía, en el que se espera que todos los estudiantes tengan desempeño sobresaliente, (2) un aumento sustancial de salarios y estatus de la profesión docente, acompañado de una mejora de la formación de maestros, (3) el cambio de modelo pedagógico, de uno basado en la repetición y memoria a uno enfatizando la comprensión de fenómenos y la habilidad de aplicar conocimientos de manera creativa, y (4) los cambios en los currículos y las evaluaciones, acompañados de una mayor libertad de elección tanto para estudiantes como para maestros".

La educación básica universal
Teniendo el sistema educativo mas desarrollado de China, en Shanghái se ha alcanzado el cien por ciento en la matrícula de primaria y secundaria. Se ha logrado la asistencia de secundaria casi universal (por cierto, en el Perú según censo del 2010, la secundaria cubre el 80,08 por ciento de la población). También es notable que todos los estudiantes en Shanghái que quieran asistir a algún tipo de educación superior están en condiciones de hacerlo.
Según el Anuario 2009 de Shanghái la inscripción llega al 97% en las escuelas de secundaria superior (debe recordarse que el sistema educativo chino tiene el esquema 5-4-3; 5 años de primaria, 4 años de secundaria básica y 3 años de educación secundaria superior). Cabe destacar que la inscripción para programas de preescolar fue del 98%, que supera ya el nuevo objetivo nacional de educación preescolar universal para el año 2020.

La educación privada
Lo mismo que en todo el país el gobierno ha definido políticas de estímulo, apoyo y orientación adecuada para la creación de escuelas privadas; del 2004 al 2007 se han destinado 40 millones de yuanes como fondos especiales para la educación privada. Se calcula que en Shanghái el 10,2 % de las instituciones de educación básica son privadas.
Estadísticas de la Asociación China de Educación No Gubernamental muestran que en el 2009 más de 31,5 millones de estudiantes chinos asistían a 106.500 escuelas privadas e institutos en varios niveles.
La participación del sector privado en la educación ha aliviado la escasez de recursos educativos.
En el nivel preescolar, múltiples servicios educativos se proporcionan en el marco de la economía de mercado para satisfacer las diversas necesidades sociales. Han aparecido institutos de educación preescolar en manos del sector privado que proporcionan diversos servicios; un ejemplo curioso lo da una de las academias de Fastrackids de Shanghái, una franquicia educativa estadounidense que ofrece una MBA (Maestría en Administración de Negocios) preescolar desde el 2010 a 3000 niños de Shanghai de entre tres y seis años; en este curso se dedican, una tarde por semana, a aprender conceptos económicos en versión infantil.

La docencia como ocupación preferida
En las grandes ciudades, como Beijing y Shanghái, donde la economía es más abierta y los ingresos mayores, la enseñanza se destaca como una ocupación preferida para tener importantes ingresos estables.
Con los años, debido a la mejora en las escalas de salario de los docentes, la enseñanza se ha elevado hasta la escala de ocupaciones preferidas.
En Shanghái existe un sistema de incentivos y pagos por mérito. Del salario de un docente, el 70% corresponde a su salario básico; el otro 30% se designa con el nombre de salario por desempeño.
Debe mencionarse que todos los funcionarios y autoridades de educación del gobierno, tanto a nivel municipal como distrital (condado), han comenzado como maestros de escuela. La mayoría de ellos son profesores o directores de escuela de exitosa carrera.

“No training, no teaching”
Un aspecto crucial en las reformas chinas ha sido la capacitación y formación permanente de los docentes. Actualmente se exige a los profesores un total de 240 horas de desarrollo profesional a lo largo de cinco años, lo que implica una exigente formación continua del docente.
Para acelerar el desarrollo profesional de los docentes en la educación básica, se han implementado programas de capacitación para maestros, y directores. Estos programas tienen varios objetivos. En primer lugar, prioridad a la moral del personal docente, confirmando el principio de que la moralidad es la base de la educación. Los programas de capacitación para directores hacen hincapié en la mejora de la ética profesional, compromiso y conciencia moral. En segundo lugar, los programas cumplen las exigencias educativas para la modernización y la globalización haciendo énfasis en idiomas extranjeros y tecnologías de la información. En tercer lugar, los programas han sido adaptados a la reforma curricular, que procura superar el conocimiento libresco para proporcionar a los estudiantes experiencias de aprendizaje integral, desarrollo de capacidades y pensamiento crítico y creativo mediante la investigación.
Las autoridades chinas han instituido la regla de "No training, no teaching“ que pretende decir que sin capacitación no hay enseñanza.

Escuelas con régimen de internado moderno
En Shanghái hay 20 escuelas superiores de alto estándar con régimen de internado moderno para 37.000 estudiantes en 840 clases, lo que representa aproximadamente el 12% de todos los estudiantes de escuela secundaria superior en Shanghái.
Las ventajas y características de escuelas secundarias con régimen de internado moderno puede resumirse de la siguiente manera: los estudiantes disfrutan de una amplia gama de recursos de aprendizaje. El curriculo se centra en el desarrollo personal del estudiante y hay mucho interés en la innovación curricular.
La internacionalización de la educación básica es uno de los objetivos para la construcción de escuelas secundarias con régimen de internado moderno. Se espera que cada escuela mantenga el ritmo de las reformas educativas internacionales, proporcione servicios educativos a los estudiantes extranjeros, participe activamente en los intercambios internacionales culturales y educativas; en estas escuelas existen divisiones internacionales (de las 20 escuelas cuatro tienen divisiones internacionales y una ha puesto en marcha una unidad de cooperación internacional) con cursos de Bachillerato Internacional, y libros de texto en su idioma original.

La enseñanza bilingüe
El modelo de enseñanza bilingüe se aplica a gran escala en Shanghái. Debido a la expansión constante, el modelo ha sido adoptado para el año 2007 en más de 300 escuelas. En aquel año cerca de 5.000 profesores de 48 instituciones estaban capacitados para enseñar en dos idiomas en los distintos niveles, los que enseñaban a casi 100.000 estudiantes. El modelo ha sido acogido favorablemente por el público que a su vez ofrece un gran apoyo para su aplicación. Por otra parte, en los últimos años, la enseñanza de Inglés ha mejorado mucho. Durante sus visitas, muchos dirigentes nacionales y extranjeros se asombraron y elogiaron la aptitud para el idioma Inglés en los estudiantes de las escuelas primarias y secundarias de Shanghai.

La mayor población en el mundo con Educación Superior
En las décadas de 1980 y 1990 el reto para el sistema educativo chino fue la expansión de la educación básica a toda la población, lo que casi ha logrado; en el siglo XXI tiene como objetivo la expansión de la educación superior.
Desde 1998 se ha dado un importante avance; la población estudiantil que en aquel año bordeaba los 6 millones, en el 2009 llega a 29,8 millones. Aunque la tasa de escolarización llega al 25 por ciento, ésta población es la más grande en el mundo, le siguen Estados Unidos (18 millones, 2007) y la India (13 millones, 2009) según datos de la UNESCO en el 2009.
La expansión de la educación superior tiene serias implicaciones para todo el sistema educativo. Por un lado, hay desempleo de los graduados, sobre todo en las principales áreas metropolitanas, incluyendo Shanghái. Los analistas a menudo argumentan que esto se debe principalmente a la falta de voluntad de los graduados a tomar empleos con bajos ingresos o en las regiones menos desarrolladas.
Por otra parte, la rápida expansión de la educación superior ha generado gran expectativa y deseo por mayores estudios académicos, de tal modo que la inscripción es muy alta en escuelas de secundaria superior y se ha producido una reducción de la matrícula en las escuelas de formación profesional.
En todas estas expansiones, las instituciones privadas surgen en gran número, aunque siguen siendo un porcentaje minoritario. Sin embargo, la tendencia es irreversible.

Clases con 50 alumnos
Las clases en la China continental son generalmente grandes: la norma nacional es de 50 estudiantes. Sin embargo, en las zonas rurales, donde las buenas escuelas son escasas, no es raro ver a las clases de más de 80 o en el caso extremo, más de 100. Los padres a menudo muestran su preferencia por mejores escuelas y mejores maestros en clases más pequeñas.
Sin embargo, en las principales ciudades (Shanghái es una de ellas), los recientes descensos drásticos de la población han obligado a determinados gobiernos locales a establecer clases pequeñas para reducir al mínimo los despidos de maestros. De cualquier modo, el promedio sigue siendo 45 o 50; más aún si se advierte que con una última disposición municipal se permite a las familias tener dos hijos en lugar del hijo único como se exige en la China continental; en el 2020 un tercio de la población será de ancianos y necesitan jóvenes que asegure las pensiones.

Docentes observándose unos a otros
En la práctica docente, los profesores pueden observarse unos a otros o pueden ser observados por sus compañeros (por ejemplo, ante nuevos contenidos o estrategias del cambio curricular); observan a los nuevos docentes los profesores con experiencia (ejerciendo la tutoría) o el director de la escuela. A veces, los profesores deben enseñar lecciones de demostración (llamadas lecciones públicas) para un gran número de otros profesores que analizan y comentan su labor. Esta organización estructurada de la enseñanza en China no sólo sirve para fines administrativos, sino también como una importante plataforma para la mejora profesional.
Tales protocolos de enseñanza están presentes en toda China, desde aldeas remotas a las ciudades prósperas. Estas prácticas se dan por sentado como parte de un protocolo básico para la enseñanza. Los observadores pueden ver esto como una cuestión de control de calidad, pero sirve también para propósitos fundamentales de desarrollo profesional y avance pedagógico.

Disciplina y trabajo de estudiantes
Una de las influencias esenciales del patrimonio cultural de China es la intensidad de la participación de los estudiantes en el aprendizaje.
Normalmente en un aula de Shanghái, los estudiantes están totalmente ocupados y comprometidos en su totalidad; no se tolera la falta de atención en los estudiantes. La concentración intensa en el trabajo se considera responsabilidad del estudiante en la cultura china.
Ante los resultados de los exámenes del PISA, los críticos extranjeros han destacado que el sistema educativo en Shanghái (como otros de Hong Kong, Singapur y Corea del Sur) se basa en la disciplina, la memorización y una preparación obsesiva para los exámenes.
El trabajo de los estudiantes en las escuelas es de largas horas durante todos los días incluídos los fines de semana. Los estudiantes entran a las escuelas de lunes a viernes a las 8.00 a.m. y salen a las 5.00 p.m; los días sábados estudian de 8.00 a.m. a 12.00 m. Al salir de la escuela la gran mayoría de estudiantes tienen dos o tres horas de actividades extracurriculares como el Go (juego que refuerza la capacidad analítica), la danza y clases extras de inglés.
Existe lo que puede denominarse un sistema complementario a las clases regulares donde los jóvenes pueden aprender música, bellas artes, deportes, artes marciales y todo tipo de temas no ofrecidos por las escuelas. Las más populares son el piano, la flauta, el ballet, la caligrafía china y la pintura china. Los padres están dispuestos a invertir en costosas actividades de aprendizaje.
Los estudiantes también participan en actividades extracurriculares para aprender organización y liderazgo. Por ejemplo, se turnan para la limpieza de aulas, corredores e instalaciones de su centro educativo; se organizan para visitar aldeas rurales o grupos sociales desfavorecidos como una cuestión social o de aprendizaje.
La participación del estudiante en la vida académica no se limita a las clases. La tarea es una parte esencial de sus actividades de aprendizaje y de algún modo organiza la vida en el hogar después de la escuela. Los padres esperan a los estudiantes a hacer la tarea cada noche y están dispuestos a dedicar su vida familiar al estudio del hijo, como parte de una tradición antigua en China. Para explicar este empeño habría que remontarse a más de mil años atrás, cuando los funcionarios imperiales eran designados bajo exámenes a los que podían presentarse personas de cualquier sector social incluso campesinos; las familias sabían que el esfuerzo en los estudios podía lograr un cambio de vida y fortuna, de ahí el esmero por la educación, que es parte de la cultura china.
Los fines de semana los estudiantes de Shanghái tienen clases de preparacion para exámenes; son clases privadas que los padres pagan a un maestro particular y se han convertido en una necesidad para muchos hogares. La presión por el "gaokao", el examen de ingreso a las universidades, se suma a la jornada académica de los jóvenes; estos exámenes presentan cierta analogía con los exámenes imperiales porque también le permitirá a quien apruebe un cambio de vida, ya que asegura empleo y altas remuneraciones.
Ante la abrumadora jornada de trabajo en la escuela y fuera de ella, las autoridades chinas disponen como norma la reducción de la carga de trabajo escolar. En Shanghái, conscientes del problema, están prohibiendo algunas clases durante los fines de semana y han establecido como política municipal un límite de horas de tarea para el hogar.

Reforma Curricular
Shanghái se ha permitido ejecutar ambiciosas reformas con independencia del gobierno central, algunas de ellas con gran éxito. Al parecer, las reformas se inician en Shanghái para luego replicarse en todo el país. Chester E. Finn, especialista estadounidense que ha visitado escuelas por todo China, sostiene a propósito del PISA 2009, admirado por la planificación del gobierno: "He visto cómo los chinos son implacables en el cumplimiento de metas, y si pueden hacer esto en el Shanghái del 2009, lo pueden hacer en 10 ciudades para 2019, y en 50 ciudades para 2029".
A partir de 1988, como parte del cambio curricular, los estudiantes pueden seleccionar cursos de interés personal. El currículo desde entonces consta de tres bloques; se establecen: cursos obligatorios, cursos electivos y actividades extra-curriculares.
Esta medida se hacía compatible con la disposición del gobierno central, en ese mismo año, de promover la producción local de libros de texto eliminando su uniformización en todo el territorio chino.
En 1998, los temas tradicionales del curriculo fueron reorganizados en ocho "ámbitos de aprendizaje": lengua y literatura, matemáticas, ciencias naturales, ciencias sociales, tecnología, las artes, educación física, y práctica. Las escuelas fueron alentadas a desarrollar sus propios programas de estudios; los cuales debían adaptarse a condiciones específicas de cada una de ellas.
El actual curriculo consta de tres componentes: el currículo básico, para ser experimentado por todos los estudiantes, implementado a través de cursos obligatorios; el currículo enriquecido, que tiene como objetivo desarrollar el potencial de los estudiantes y se concreta a través de cursos electivos, y el currículo basado en la investigación, que se pone en práctica a través de actividades extra-curriculares. El currículo basado en la investigación pide a los estudiantes, respaldada por el apoyo y la orientación de profesores, identificar temas de investigación sobre la base de sus experiencias. Se espera que a través del aprendizaje independiente y exploración, los estudiantes pueden aprender a aprender, a pensar de forma creativa y crítica, y a participar en la vida social procurando el bienestar general. Desde el 2008, el nuevo currículo se ha puesto en práctica en toda la ciudad.
En general, la reforma curricular implica la ampliación de las experiencias de aprendizaje del alumnado, la mejora de la pertinencia de temas relacionándolos con temas de mayor trascendencia humana y social; y se propone enfatizar el desarrollo de "capacidades" en lugar de la acumulación de información y conocimiento.
Shanghái fue el primer distrito en China para exigir formación profesional continua a los maestros. Cada maestro debe completar 240 horas de desarrollo profesional dentro de cinco años; política que se sigue en todo China.
En paralelo a las reformas curriculares se producen cambios en la práctica docente. Estas reformas tienen por objeto cambiar la realidad del aula para facilitar un mejor aprendizaje de los estudiantes. Un cambio muy significativo ha sido implementado en los últimos años a través del lema "return class time to students ". Esto exige un aumento en el tiempo asignado a las actividades de los estudiantes en las clases y minimizar las conferencias o clases expositivas de los profesores. Se ha producido, entonces, un cambio fundamental en la percepción de una buena clase, que una vez fue tipificado como buena enseñanza.
La actuación de las profesores es evaluada por el tiempo dedicado a la participación de los estudiantes y por la forma de organizar las actividades de sus alumnos.

Fortalecimiento de las escuelas débiles
Desde 1999 las autoridades de educación en Shanghái han iniciado la renovación o modernización de los edificios e instalaciones escolares. Un total de 1.569 escuelas fueron reorganizadas o cerradas, lo que representa tres cuartas partes de todas las escuelas en Shanghái.
Con la mejora de la economía, el gobierno municipal de Shanghái se ha esforzado en mejorar la capacidad económica de los hogares para apoyar la educación de los niños. Desde el 2006, todos los estudiantes que reciben educación obligatoria han quedado exentos de matrícula y gastos varios; es usual en China que los padres paguen cierta cuota de dinero por la alimentación, transporte, calefacción y libros. Desde el 2007, todos los estudiantes en la enseñanza obligatoria han recibido gratuitamente libros de texto y cuadernos de ejercicios (Comisión Municipal de Educación de Shanghái, 2009).
Aunque la educación básica es gratuita y obligatoria, la calidad de las escuelas varía, y afecta a la calidad de la educación que reciben los niños. En efecto, las escuelas públicas en Shanghái han sido criticadas por la desigualdad entre ellas.

A fin de reducir esta desigualdad, el gobierno de Shanghái ha adoptado varias estrategias.
La primera estrategia es la renovación de la escuela. El gobierno ha establecido según los estándares de infraestructura y calidad de servicio, cuatro niveles de escuelas públicas: A, B, C y D. Con la disminución del número de niños en edad escolar, un buen número de escuelas de Nivel C y D fueron cerradas. Otras se fusionaron en el Nivel A, B o se reorganizaron. En el 2005, las escuelas de los niveles C y D desaparecieron y todas las escuelas públicas se ubican ahora en el Nivel A o B.
La segunda estrategia consiste en la transferencia financiera de fondos públicos para las zonas desfavorecidas. Entre 2004 y 2008, más de 500 millones de dólares fueron transferidos a las escuelas rurales.
La tercera estrategia consiste en la transferencia de los profesores de zonas urbanas a las rurales, y viceversa. Por ejemplo, sucedió que en el distrito de Qingpu, una zona rural, 160 profesores de secundaria que trabajaban en escuelas pobres renunciaron entre 1997 y 2002. Para revertir la situación, el gobierno transfirió un número considerable de maestros de las escuelas públicas urbanas a las escuelas rurales, junto con algunos directores destacados. Al mismo tiempo, los directores y los profesores de las escuelas rurales fueron transferidos a las escuelas urbanas; de estos últimos se espera que regresen a las escuelas rurales, enriquecidos por su experiencia urbana.
La cuarta estrategia consiste en la organización de “distritos pares”, alineando un distrito urbano con uno rural. En 2005, las autoridades educativas de nueve distritos urbanos firmaron acuerdos de tres años con las autoridades educativas de nueve distritos rurales. Las autoridades establecieron medidas conjuntas en sus planes de desarrollo educativo y unieron esfuerzos para hacer frente a problemas como demanda de maestros o renovación de infraestructura. Alrededor de 91 escuelas hermanadas con otras tantas escuelas, llevaron a cabo programas de intercambio de profesores. El primer programa de distritos pares terminó en 2008, y el segundo está en curso.
La quinta estrategia es relativamente nueva, pero ha adquirido gran atención. Se llama la "administración encargada", un tipo de programa en el que las escuelas públicas consideradas “buenas” o eficientes se hacen cargo de la administración de las “débiles” o deficitarias. La escuela “buena” designa a uno de sus maestros líderes como director adjunto de la “débil” y envía un equipo de profesores para la enseñanza. Se pretende que el estilo de gestión y las buenas prácticas docentes se transfieran a las escuelas pobres.
La sexta estrategia es establecer un consorcio de escuelas, en donde las “buenas” y débiles, viejas y nuevas, públicas y privadas estén agrupadas en un consorcio o grupo, con una escuela “buena” en el centro.


Fuentes bibliográficas:
Lessons from PISA for the United States, OCDE, 2011.
Shanghai Education, Shen Xiaoming, 2007.

Extraído de:
http://ciudadves.blogspot.com.es/2011/06/la-educacion-en-shanghai.html

martes, 17 de diciembre de 2013

Rankingmanía: PISA


El siguiente artículo constituye una reflexión profunda sobre el sentido de las evaluaciones PISA, y de los usos que se les da ¿Bajo qué supuestos se elabora la prueba? ¿Qué relación tiene con el colonialismo cultural?


No deja de ser una paradoja que la investigación educativa y la pedagogía hayan avanzado tanto, al mismo tiempo en que el debate público sobre la educación se haya empobrecido de una manera tan elocuente. En efecto, durante los últimos 50 años, las ciencias sociales han puesto de relevancia la complejidad de los procesos educativos, la multiplicidad de variables, dinámicas y tensiones que operan en el campo escolar, así como las dificultades de generalizar políticas, programas y reformas que desconsideren las especificidades que poseen los sistemas de educación en cada país o en cada región. Aunque el haber ido a la escuela parece dotar a todos los individuos de la capacidad necesaria para proponer una solución viable a la profunda crisis educativa que estamos viviendo, el desarrollo de la investigación sobre las instituciones escolares y la educación, han puesto de relevancia que opinar sobre el asunto suele ser más complejo de lo que habitualmente suponemos. También han puesto en evidencia que las generalizaciones y las recetas milagrosas suelen ocultar más que mostrar las dimensiones involucradas en los procesos de cambio educativo que atraviesan nuestros países. Entre tanto, cada tres años, el mundo parece detenerse en la víspera de la publicación de los resultados de una prueba que, milagrosamente, parece resumir los grandes secretos del presente y del futuro de la educación.

El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, PISA, fue creado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE, a mediados de los años 90 y, cada tres años, presenta un balance del estado de los aprendizajes de los jóvenes entre 15 y 16 años en cerca de 70 países. PISA incluye una prueba en tres campos de conocimiento (matemática, ciencias y lectura), además de una encuesta aplicada a alumnos y personal escolar. Sus resultados son presentados como una especie de oráculo capaz de diagnosticar el estado de los sistemas educativos a nivel global y los cambios que ellos deberán enfrentar para estar a la altura de los desafíos que los nuevos tiempos imponen.

PISA parece haber logrado una verdadera hazaña ideológica: imponer como evidente y necesaria la suposición de que los sistemas escolares de todos los países pueden ser evaluados mediante la aplicación de una misma prueba aplicada a un conjunto de estudiantes elegidos al azar. El razonamiento parece simple y encuentra sus raíces en una concepción particular, y de forma alguna “universal”, acerca del aprendizaje, la función de la escuela y el desarrollo educativo. Se trata de replicar a nivel mundial lo que las escuelas hacen todos los días con sus alumnos. La “prueba” suele ser el método habitual mediante el cual los docentes observan el grado de aprendizajes alcanzados por sus alumnos. Las pruebas casi siempre son corregidas en una escala numérica donde los que obtienen las notas más altas son los “buenos” alumnos y, los que obtienen las más bajas, los “peores”. Así las cosas, sin demasiada imaginación, aunque con una sorprendente eficacia política, la OCDE, ha implementado un sistema internacional de evaluación que, indagando el grado de conocimientos adquiridos en matemática, ciencia y lectura, en una muestra representativa de alumnos de algo más de 60 países, puede determinar el grado de eficacia de cada sistema educativo nacional, así como la jerarquía general o por campo de conocimiento de las naciones involucradas. Los países con mejores notas tendrán un sistema educativo mejor, los que obtienen peores calificaciones, un sistema escolar peor.

Un ranking, un simple ranking, puede mostrar el grado de desarrollo de cada sistema educativo involucrado en la prueba, sus potencialidades y limitaciones.

La enorme proliferación de ranking en el campo educativo puede hacer pensar que el modo de organizar instituciones y países en un orden de jerarquía, productividad o eficacia ha sido el procedimiento que siempre hemos utilizado y recomendado en educación, por sus probados beneficios para mejorar o superar los problemas que enfrentan los sistemas de escolares. Vale destacar que, aunque durante los últimos 250 años siempre se ha afirmado que la educación está en crisis, sólo muy recientemente se ha considerado que era posible evaluar, comparar y organizar jerárquicamente los sistemas educativos a nivel mundial, organizándolos en una lista de ganadores y perdedores similar a la que muchos docentes construyen día a día en su sala de clase.

Se trata de un cambio de perspectiva de la mayor importancia y, aunque sus bases sean simplistas, reduccionistas y aberrantes en términos analíticos, no podemos soslayar sus alcances: ¿cómo ha sido posible convencer al mundo que la aplicación de una prueba a medio millón de jóvenes de diversos países nos puede ofrecer un mapa, una radiografía, una imagen del estado de la educación en cada una de nuestras naciones en términos particulares y del planeta de modo general?

PISA parte de tres supuestos que deben ser analizados y cuestionados:
    Supone, haciendo gala de un colonialismo pedagógico sin precedentes, que es posible que un conjunto de especialistas puedan definir las competencias fundamentales que son necesarias para enfrentar los retos y desafíos de la supuesta “vida real”; esto es, la competitividad económica, las demandas y necesidades de consumo, participación y bienestar. El presupuesto de PISA es que existe un único mundo (no hace falta adivinar de qué color), un única cultura, un único modelo de bienestar y una única forma de insertarse productivamente en este mundo. Ese ideal de mano única puede y debe ser sintetizado en un conjunto de competencias necesarias para transitar sin tropiezos hacia esa meta a la que todos aspiran a llegar: el éxito económico. Cuando en el mundo casi todas las religiones se acostumbraron a aceptar que la diversidad religiosa era inevitable, PISA nos impone la monogamia cognitiva más brutal y autoritaria. En la escuela hay que aprender un conjunto de cosas que son fundamentales para cualquier persona en cualquier lugar del planeta, tan fundamentales que es posible idear una prueba de alta complejidad que pueda determinar el grado de dominio de esas competencias a escala mundial, organizando un ranking de países en función del éxito o del fracaso que experimentan sus alumnos en apropiarse de esos saberes. Los mejores triunfarán, los peores fracasarán. Nuevas retóricas para viejas realidades.

    Supone que el grado de eficacia de una institución educativa y, por efecto aditivo, de un sistema escolar, puede determinarse mediante una instantánea, una fotografía tomada en un determinado momento de su trayectoria, la cual sintetiza en sus trazos, todos los atributos e informaciones necesarias para juzgar la productividad, eficacia e impacto de las acciones que en él se desarrollan. Un instante capaz de reflejar el todo, mediante indicadores numéricos de rendimiento. La prueba, en este sentido, posee una verdadera aspiración mística: es la evidencia del milagro que la ciencia de la evaluación nos ofrece. En algunas pocas horas, algo más de 500 mil jóvenes de todo el mundo responderán una encuesta y realizarán una prueba. Esos papeles garabateados resumirán el grado de desarrollo de los sistemas educativos a nivel mundial y generarán debates pasionales acerca del presente y el futuro de nuestros países, derrumbarán ministros, harán entrar en la gloria del Olimpo pedagógico a naciones inimaginadas, nos dirán quiénes podrán salvarse y quiénes estarán condenados a la vergüenza del purgatorio.

    Supone que la evaluación de un sistema es requisito necesario y suficiente para ofrecer la solución a los problemas que el sistema enfrenta. En suma, que los resultados de las pruebas y los datos aportados por la encuesta nos brindan los elementos necesarios para definir las acciones correctivas que debemos aplicar para mejorar el desempeño de nuestras instituciones escolares. Por otro lado, aunque suele alertar sobre los riesgos del mal uso del ranking, la OCDE utiliza la jerarquía en los resultados de rendimiento como un efecto pedagógico de demostración que estimula la competencia, el deseo de mantener las posiciones alcanzadas y superar los problemas puestos en evidencia. El ranking educa, forma, construye un ethos, orienta, conduce.

Estos supuestos constituyen los tres pilares de la razón jerárquica: el colonialismo cultural y el idealismo pedagógico; la aberración metodológica de la subordinación del todo a una parte: y, la naturaleza normativa y prescriptiva de los resultados de una prueba artificialmente estandarizada. PISA es un emblema de los extravíos y delirios a los que nos somete la razón jerárquica en el campo educativo.

La patética profusión de festejos y llantos, lecciones y quejas, promesas y humillaciones que rodean la muy bien montada operación mediática de presentación de los resultados de PISA es mucho más que un inventario anecdótico de sandeces. En rigor, si Comenio, Rousseau y Dewey resucitaran, volverían a morirse por el nivel de locura al que ha llegado nuestra pedagogía política y la política de nuestra pedagogía. El mundo se inunda de especulaciones, relatos, alegatos, narraciones ficcionales, sospechas infundadas, diagnósticos sobre diagnósticos acerca del por qué, los asiáticos aprenden más y mejor que los occidentales. Una verdadera estupidez que sólo debería quitarle el sueño a los burócratas de la OCDE, pero se lo quitan a bastante más gente, entre quienes me incluyo.

En la edición 2012 de PISA, recientemente publicada, los chinos se llevaron todos los méritos, aunque participaron con algunas ventajas. Por ejemplo, si bien casi todos los encuestados fueron “países”, China lo hizo con Shangai, una de sus principales ciudades. También con la ciudad de Taipei y los territorios de Hong Kong y Macao, ocupando así cuatro de los seis primeros lugares.

España no tuvo la suerte de China y participó como país. No cabe duda que los resultados hubieran sido mejores si sólo hubiera competido con los barrios de Salamanca en Madrid y Pedralbes en Barcelona. Como quiera que sea, el mal desempeño de la Península sirvió para demostrar que la Ley Wert iba a mejorar o empeorar las cosas, según quién contara la historia. No me une al verborrágico ministro Wert ninguna relación de simpatía. Sin embargo, creo que de lo único que no puede culpársele es del desempeño de los jóvenes españoles en las pruebas llevadas a cabo por los tecnócratas de la OCDE. Tampoco, por cierto, puede atribuírsele ningún mérito en las aparentes oportunidades de superación que promete brindar su ley privatizadora y de ambiciones excluyentes. En lo único en que coinciden buena parte de los análisis, es que el mal desempeño promedio de los jóvenes españoles se debe a los inmigrantes. Esa gente que parece no haberse dado cuenta que España está en crisis y se obstina en permanecer en el país, teniendo hijos y nivelando hacia abajo el resultado de las pruebas. La epistemología pedagógica franquista parece persistir al tiempo, llevando a algunos a suponer que si los españoles fueran puros, tendrían el desempeño cognitivo de los habitantes de Shangai en las pruebas de matemática. PISA parece evaluar, pero, lo que en realidad hace, es recomendar caminos para resolver problemas.

Por otro lado, aunque nos pasamos los últimos diez años estudiando el "milagro educativo finlandés", acabamos descubriendo que era mejor ser vietnamita que nórdico. El derrumbe de Finlandia ha puesto la nación en jaque. Como si no faltaran motivos para deprimirse en invierno, los finlandeses deberán abocarse ahora a saber por qué perdieron la pole position ante unos orientales más inspirados en Milton Friedman que en Mao Tsé-Tung. Por nuestra parte, deberemos abocarnos a estudiar el milagro chino o vietnamita, pasando de la gélida eficacia nórdica al sombrío deslumbramiento pos-socialista.

Hasta hace pocos días, todos los que aspiraban a tener un buen sistema educativo querían ser como los finlandeses. Veremos si ahora todos quieren ser chinos o vietnamitas.

Los resultados de PISA deparan sorpresas agradables como, por ejemplo, descubrir la existencia de Latvia, un país que nunca ha jugado la Copa Mundial de Futbol, pero cuyos jóvenes saben más matemática, ciencias y lectura que los noruegos, italianos, españoles, rusos, norteamericanos, suecos e israelíes. Deberemos investigar dónde queda Latvia y qué “milagro educativo” realizan en sus escuelas esos ignotos seres humanos. Si llegáramos a descubrir que los latvios son de baja estatura, quizás podríamos desarrollar una tesis sobre la relación inversamente proporcional entre la altura corporal y el buen desarrollo cognitivo de las etnias más avanzadas del universo frente a los desafíos del siglo XXI.

Pronto seremos inundados por artículos que prometerán contarnos qué ocurre en las escuelas de Macao, Taipei. Hanoi o Riga, capital de Latvia, y cómo debemos imitarlas para hacer de los nuestros, centros educativos eficaces.

Latinoamérica se ha afirmado, ya en la quinta edición de PISA, en los últimos lugares del ranking. Como si los 50 países que lo preceden no existieran, Chile festeja ser el mejor de la región, aunque no puede ocultar el alto grado de desigualdad de su sistema escolar. Los uruguayos lamentan lo que suponen ser el deterioro irreversible de su sistema educativo, curiosamente, el más igualitario de la región. Los brasileños festejan haber vencido a los argentinos y, vaya sorpresa, los peruanos, aunque volvieron a salir últimos en el ranking, conmemoran haber sido los que “más mejoraron en las pruebas del 2012”. Entre tanto, el Banco Mundial anuncia que América Latina es la región del mundo donde más ha disminuido la pobreza. Creo, definitivamente, que hemos enloquecido.

Los delirios de la razón jerárquica producen daños cerebrales profundos. Obligados a justificar por qué están donde están, los ministerios de educación de todos los países, naturalmente, menos el de China, y quizás el de Latvia, tratan de explicar por qué les ha ido tan mal y prometen mejorar en la próxima prueba. Habrá que esperar tres años.

Como quiera que sea, lo que nunca se cuestiona es la propia prueba PISA. Un invento ideológico de enorme valor disciplinario y normativo. Un dispositivo del nuevo orden mundial de la educación. Una victoria de los poderosos. Una derrota de los que soñamos con un mundo más libre, una educación más justa, una sociedad más humana.

Deshacernos de PISA permitirá avanzar en la lucha contra los delirios de la razón jerárquica, contra los ranking que nos modelan, contra los tecnócratas que, al describirnos, nos inventan.

Autor
Pablo Gentili. Nació en Buenos Aires en 1963 y ha pasado los últimos 20 años de su vida ejerciendo la docencia y la investigación social en Río de Janeiro. Ha escrito diversos libros sobre reformas educativas en América Latina y ha sido uno de los fundadores del Foro Mundial de Educación, iniciativa del Foro Social Mundial. Su trabajo académico y su militancia por el derecho a la educación le ha permitido conocer todos los países latinoamericanos, por los que viaja incesantemente, escribiendo las crónicas y ensayos que publica en este blog. Actualmente, es Secretario Ejecutivo Adjunto del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Sede Brasil).

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Potencialidades de la evaluación de la calidad educativa


Las evaluaciones de Calidad Educativa son de reciente aparición, han recibido fuertes y fundamentadas críticas, pero aún así continúan vigentes ¿Qué es lo que hace que no sean un fenómeno coyuntural? ¿Por qué son consideradas útiles?


A pesar de las críticas, la tendencia a llevar a cabo procesos de evaluación de la calidad educativa es un hecho en nuestros días y no parece que se trate de algo coyuntural o pasajero, sino que guarda relación con un nuevo modo de conducción de sistemas complejos, como el sanitario o el educativo. Si hasta hace algún tiempo los conceptos utilizados en la administración pública procedían fundamentalmente de campos disciplinares como el derecho o la ciencia política, en los últimos años se han ido adoptando nuevas orientaciones a partir de las aportaciones realizadas por las diversas ciencias de la administración. En este nuevo contexto, la evaluación ocupa un lugar específico, proporcionando conceptos, enfoques y técnicas para la gestión. El uso del término conducción sugiere una imagen del funcionamiento de la administración educativa muy diferente al que ha predominado hasta ahora. Frente a la regulación mediante normas y el control jerárquico del cumplimiento de las mismas, se pone el acento en la recepción y el tratamiento de una información actualizada, capaz de permitir intervenciones más ágiles y mejor adaptadas a la diversidad de situaciones específicas. Evidentemente, este nuevo modelo de actuación requiere tanto la existencia de sistemas de información suficientemente sofisticados como la preparación en el uso y la interpretación de la información por parte de quienes deben utilizarla para tomar decisiones, aspectos en los que aún queda mucho trabajo por hacer (A. Tiana).
Por otra parte, y sin minimizar la importancia de las críticas que pueden plantearse a una perspectiva economicista de la educación, resulta también evidente que existe una necesidad de racionalizar los gastos destinados a la educación y de rendir cuentas de sus resultados. La financiación de la educación supone un sacrificio social, por lo que el gasto debe hacerse de la forma más racional posible, aún teniendo presente la importancia de garantizar la equidad. Las instituciones educativas son recursos sociales y es necesario distribuir correctamente estos recursos. Además, en el contexto actual, en el que se concede un margen creciente de autonomía a las escuelas, resulta aún más necesario establecer sistemas de rendición de cuentas.

Lo importante en este sentido es no perder de vista las diferencias que existen entre los conceptos de calidad, eficacia y eficiencia, aspecto en el que existe un cierto desacuerdo incluso entre los especialistas. Así, mientras la calidad sería un proceso de mejora continua, la eficacia puede definirse como la capacidad para conseguir los objetivos o metas propuestas. La eficiencia, por su parte, hace referencia a la capacidad de producir lo máximo con el mínimo tiempo y energía, por lo que se trata de un concepto referido a la relación entre inputs y resultados (A. Tiana). En este sentido, aunque a los servicios públicos no se les exija rentabilidad, al menos puede exigírseles eficiencia (R. Pérez Juste), es decir, el logro de determinados objetivos optimizando los medios y los recursos.

Finalmente, conviene tener en cuenta que el uso de procedimientos de evaluación de la calidad puede tener también consecuencias o efectos positivos para los propios sistemas educativos, como se ha puesto de manifiesto en reiteradas ocasiones. En concreto, y sin ningún afán de exhaustividad, pueden mencionarse algunas de estas posibles consecuencias positivas de la evaluación:

Aporta un mayor conocimiento e información sobre los sistemas. Se puede afirmar que toda evaluación es un proceso que genera información y, por lo tanto, implica un esfuerzo sistemático de aproximación sucesiva al objeto de evaluación. Desde esta perspectiva, la evaluación permite poner de manifiesto aspectos o procesos que de otra manera permanecen ocultos, hace posible una aproximación más precisa a la naturaleza de ciertos procesos, las formas de organización, los elementos intervinientes, etc.
Permite el diagnóstico de la situación a partir del uso de indicadores. Sirve de ayuda en la conducción de procesos de cambio.

Contribuye a la mejora de la organización y funcionamiento de los centros educativos.
Renueva el interés por los resultados de la educación y contribuye, aunque sea indirectamente, a su mejora.



Extraído de:
Reflexiones en torno a la evaluación de la calidad educativa
Tendencias Pedagógicas 10, 2005
Inmaculada Egido Gálvez
Universidad Autónoma de Madrid

viernes, 15 de noviembre de 2013

Algunas tentativas de explicación sobre la lectura de resultados de las Evaluaciones de Calidad Educativa


Existen claras dificultades en la interpretación de resultados de las Evaluaciones de Calidad Educativa. Esto lo podemos adjudicar a diferentes causas ¿Intereses corporativos dificultan la comprensión? ¿La imagen de una supuesta “escuela tradicional”?  ¿Las evaluaciones que se efectuaban en la escuela? 
 


Estamos más o menos de acuerdo sobre la existencia de este peculiar fenómeno que podríamos llamar de “desinteligencia” para con los resultados de las evaluaciones educativas; si estamos genéricamente de acuerdo que parece haber un problema a nivel de las lecturas que la opinión pública hace de los resultados de las evaluaciones de la calidad de la educación, corresponde que ensayemos al menos alguna explicación sobre la cuestión.

En primer lugar creo que es necesario recordar algo que, por obvio que pueda ser, no deja de resultar a la vez significativo y pertinente para el problema que nos ocupa. Las evaluaciones de los resultados educativos -en particular las de aquellos países donde el sistema de educación pública es francamente mayoritario y simultáneamente portador de una cierta tradición de prestigio- tienen una estrecha relación con fuertes intereses corporativos de distinto tipo. Mencionemos al menos dos de los más relevantes.

Por un lado, muchas veces la educación privada requiere -al menos en países cuyos sistemas educativos tienen las características mencionadas- de la permanente afirmación de que sus resultados resultan ser superiores a los de la educación pública. En muchos casos su estrategia de desarrollo se basa en una reafirmación discursiva -más o menos consistente con la realidad- de su capacidad de obtener resultados educativos superiores a los de la educación pública. De lo contrario, de no reafirmar esta supuesta superioridad en la calidad educativa de la educación privada, la razón de ser de ésta queda reducida casi exclusivamente a la oferta de determinadas opciones confesionales o a la de algunas peculiaridades lingüísticas y culturales. En ese sentido, el discurso de la educación privada tiende a contribuir, de manera más o menos explícita, a fortalecer toda tendencia que favorezca una lectura crítica de los resultados de la educación pública.

Por el otro, las evaluaciones educativas también coliden parcialmente con los intereses de una muy poderosa corporación docente que, al menos en algunos de nuestros países, no está habituada a que los resultados de su actividad profesional sean evaluados y públicamente expuestos. Ante todo, las evaluaciones chocan con las tradiciones y con los intereses de la corporación docente porque una gran parte o todo el proceso de evaluación educativa, de la manera que se ha ido instrumentando en los nuevos procesos de reforma, escapa política y administrativamente al control de los centros de poder de la corporación.

Pero, además, las evaluaciones que terminan haciendo públicos los resultados educativos, de alguna manera ponen “en cuestión” -y, lo que es peor, lo hacen de manera sistemática, puesto que los sistemas de evaluación están concebidos para funcionar de manera regular y permanente- su desempeño como docentes profesionales por más que la publicación de los resultados se lleve a cabo de la manera más general, promediada y anónima imaginable y no permita la identificación de docentes, centros educativos o unidad específica alguna dentro del sistema educativo.

Y creo que, en este sentido, cabe volver aquí a la comparación con la situación y las reacciones que se producen en la educación frente a las que se suscitan en otros ámbitos de la actividad pública, como la salud pública, cuando de medir resultados se trata.

En primer lugar, tanto o más poderosa que la corporación docente resulta ser la corporación médica de cualquiera de nuestros países. No he sabido, sin embargo, de que dispongamos -al menos en el Uruguay estoy seguro de que no es así- de algún mecanismo de evaluación de la eficacia y eficiencia de los hospitales públicos (o privados), y eso marca, desde el vamos, una diferencia importante.

En segundo lugar, y como síntoma mucho más importante de esas diferencias, a pesar de que en muchos países de América Latina, en los últimos años han hecho su aparición enfermedades previamente inexistentes o erradicadas como el cólera, el dengue hemorrágico -o la misma aftosa a nivel animal-, no tengo información de que el aparato de salud pública -o el de sanidad animal puesto que, para al caso, la circunstancia es similar-, haya sido radicalmente cuestionado en sus políticas y responsabilizado directamente por los medios y la opinión pública de estas calamidades.

Todo parece entonces acontecer como si la opinión pública concibiese que hay procesos que, por más que exhiban indicadores que muestran falencias o resultados de poca calidad, su actividad pertenece a un ámbito considerado de carácter “natural” -frente a los que poco pueden hacer al respecto los tomadores de decisiones y los responsables políticos- y, por lo tanto, el público tiende a eximir a los servicios estatales involucrados de toda responsabilidad de dichos acontecimientos o resultados.

Sin embargo, la misma opinión pública no parece admitir que pueda resultar también “natural” que exista una suerte de complejo pero explicable “trade-off” entre la expansión abrupta de la matrícula de determinado nivel del sistema educativo y la aparición de problemas de calidad en ese mismo nivel de educación, y se muestra particularmente sensible ante la constatación estadística de este tipo de problemas.

Una segunda explicación plausible para esta gruesa dificultad que se genera con la transmisión de los resultados de las evaluaciones educativas puede tener que ver con la imagen tradicional que la opinión pública tiene de la educación pública y, fundamentalmente, de la escuela pública.

Yo no estoy seguro de que esta argumentación sea aplicable a todos los países y no sea ésta una visión fuertemente “uruguaya” de un problema que, en realidad, es más general. Pero, en el caso del Uruguay, es evidente que la instauración de estos nuevos procesos de evaluación de la educación se dan de bruces con la creencia fuertemente arraigada en la opinión de que la escuela pública uruguaya es una institución sistemáticamente exitosa y que se encuentra, en última instancia, por encima de cualquier evaluación.

En ese sentido, en el Uruguay, pero estoy seguro que hay casos parecidos en América Latina, la absoluta certeza del público de que la escuela pública -y generalmente esta certeza se refiere a la “imagen” de una escuela tradicional que hasta hace una década no hacía este tipo de evaluaciones- era y es un dechado de virtudes, conspira directamente contra la buena recepción de las políticas de evaluación sistemática en materia de resultados de la educación.

En algún sentido la opinión pública se ofusca ante la emergencia en la última década de estos “reformadores evaluadores”, que parecen llegar sólo para anunciar malas noticias. El público recibe un mensaje del tipo: “…la enseñanza que creíamos tan buena ahora resulta que no lo es…”. Como se comprende fácilmente, se trata de un discurso de difícil asimilación y la explicable tendencia a responsabilizar al mensajero por las malas noticias de las cuales él es portador, seguramente opere en muchos casos.

Una tercera hipótesis que, entendemos nosotros, debe tenerse en cuenta a la hora de explorar los desencuentros entre las evaluaciones educativas y la opinión pública de nuestros países tiene que ver con lo que podríamos llamar “un problema de legitimidad”. O, si ustedes lo prefieren, un problema entre el tipo de legitimidad sobre el que se asientan las instituciones educativas tradicionales y la emergencia de este nuevo tipo de evaluación que se ha ido generalizando.

En efecto, conviene recordar que educación y evaluación son dos actividades que están inextrincablemente vinculadas entre sí desde hace ya mucho tiempo, si no es que desde el fondo mismo de la historia de la actividad educativa. Bajo las más diversas formas, maestros y profesores, dentro del tipo de institución educativa que fuere -escuelas carolingias o catedralicias, escuelas de “métiers” dependientes de las corporaciones medioevales, universidades de las más diversas órdenes eclesiásiasticas, tecnológicos republicanos, etc.-, han aplicado desde siempre a sus alumnos muy variadas modalidades de evaluación para confirmar la adquisición de saberes por parte de aquellos. Estas modalidades de intentar registrar los aprendizajes pueden haber sido más o menos racionales, más o menos adecuadas o, incluso, más o menos arbitrarias, pero no hay ninguna novedad en cuanto a que la educación evalúe los desempeños de los profesores o los saberes y los niveles de aprendizajes obtenidos por sus alumnos9.

Pero conviene subrayar que este tipo de evaluación, cuya legitimidad está asentada probablemente desde hace siglos, se lleva adelante esencialmente en el espacio del aula o de su equivalente y como una actividad estrictamente interna al proceso educativo mismo. O si se quiere, más precisamente, un mecanismo de evaluación que se despliega exclusivamente en el espacio de las relaciones entre maestro o profesor y alumnos y entre supervisor o director y maestros o profesores.

En este tipo de evaluación, la noción de “resultado” es algo que emerge del seno mismo de la relación maestro-alumno y, por lo tanto, los parámetros que definen un resultado como “exitoso” o “deficiente” son parámetros que surgen como parámetros internos a la actividad del aula, al centro educativo, y, eventualmente, al régimen de supervisión del sistema educativo. En suma, son evaluaciones cuyos resultados se construyen sin que intervengan criterios ni agentes exteriores al sistema educativo tradicional. Dicho en otros términos: las evaluaciones tradicionales en la educación poseen una amplia legitimidad, porque forman parte integrante del proceso de enseñanza-aprendizaje desde hace siglos, pero, sobre todo, porque en esas evaluaciones son los propios agentes del sistema educativo que se evalúan a sí mismos.

Pero, en realidad, no es éste el tipo de evaluación que nos congrega aquí y no son estos mecanismos de evaluación los que nos preocupan por sus efectos en la opinión pública y, por ende, en la política. La evaluación y los resultados que hacen problema son aquellos que, precisamente, no se procesan “in vitro”, ni en el ámbito preregulado del aula, ni en los espacios jerárquicos del centro educativo o de la estructura corporativa de los sistemas de enseñanza.

Los resultados que producen “desinteligencias” con los medios y con la opinión pública son aquellos provenientes de censos, encuestas, muestreos, “panels”, etc., obtenidos y dirigidos por personal -docente o no, eso es secundario-, pero que tienen como objetivo medir el desempeño del sistema educativo desde fuera de las rutinas, las jerarquías y, en última instancia, los intereses de la corporación educativa.

Es entonces por ello que las evaluaciones de la actividad educativa así construidas, desde un punto de vista explícitamente externo a la lógica tradicional del sistema educativo mismo, plantean un problema de “legitimidad” y, en consecuencia, plantean en muchos casos problemas políticos significativos.

En particular en el seno del cuerpo docente y sus jerarquías, las preguntas obvias que se disparan ante la instauración de esta nueva mirada sobre el desempeño de la educación, son los siguientes: ¿Quién mejor que yo, profesor o maestro, puede evaluar los conocimientos que transmito? ¿Quién mejor que yo, docente, puede juzgar a mis alumnos? ¿Quién mejor que yo, director, puede juzgar el funcionamiento del centro educativo? ¿Quién mejor que yo, inspector o supervisor, puede medir efectivamente el desempeño de los profesores?

Por último, existe una cuarta hipótesis que conviene considerar en la búsqueda de las razones por las cuales las evaluaciones de la calidad educativa presentan tantas dificultades a nivel de la opinión pública. Se trata de una hipótesis que es necesario explorar en un nivel más conceptual o, si se quiere, más abstracto.

Cabe preguntarse hasta qué punto esta política de evaluación sistemática de los resultados educativos no introduce una incongruencia importante con algunos de los conceptos fundamentales de la educación pública tradicional de nuestros países. Si nosotros seguimos manteniendo acertadamente, como uno de los principios rectores de nuestra educación pública, el principio de educar para la equidad, no resulta sorprendente que la opinión pública imagine al sistema educativo como un servicio que imparte enseñanza de calidad homogénea y que los aprendizajes que en ella se obtienen deberían ser razonablemente homogéneos.

La publicación sistemática de resultados que exhiben la existencia de diferencias entre los aprendizajes de los alumnos, entre los aprendizajes conseguidos en los centros, entre los resultados educativos en las diferentes regiones de un país, etc., introduce una perspectiva que contradice la lectura ingenua del principio de educar para la equidad.
Que nuestros sistemas educativos eduquen para la equidad y se esfuercen sistemáticamente en trabajar en ese sentido, no significa -ni nunca significó- que obtengan ni puedan obtener resultados homogéneos, porque ningún sistema educativo -y, menos aún, sistemas educativos de masas como lo son los sistemas educativos contemporáneos-, puede compensar totalmente diferencias económicas, sociales y culturales que trascienden la capacidad democratizadora de los sistemas de enseñanza.

Otra cosa sería si nuestros sistemas educativos estuviesen concebidos -como efectivamente en ciertos países pueden estarlo- y fundados en otros principios. Si decidiésemos fundar y hacer descansar la razón última de la educación pública sobre la búsqueda de la eficiencia o sobre el principio de educar para la competitividad, seguramente que, en ese escenario, la incongruencia a la que nos referimos más arriba sería menor o menos perceptible. De hecho dejaría de ser una incongruencia, ya que las políticas de evaluación deberían de ser reclamadas como una parte necesaria y funda mental de la orientación básica de una educación que tiene como objetivos centrales la eficiencia y/o la competitividad.

Entonces yo agregaría, como último elemento que intenta explicar las desinteligencias y las incomprensiones que constatamos entre el sistema educativo y la opinión pública en materia de evaluaciones de la calidad de la educación, este aspecto que tiene dos componentes. Un componente meramente informativo -la creencia del público de que educar para la equidad consiste en generar resultados homogéneos que hagan desaparecer las diferencias de origen social y cultural de los alumnos-, y un problema, de trasfondo filosófico, que hace a la concepción última que rige al sistema educativo de nuestros países.

Evidentemente, aunque nos aferremos como nos aferramos al principio cardinal de que es necesario educar para la equidad, no podemos por ello renunciar a las evaluaciones educativas aunque sus resultados puedan aparecer como demostrativos de que una equidad estricta no reina en la educación. En primer lugar, porque el principio de educar para la equidad se basa en la idea de brindar igualdad de oportunidades mediante la educación y no en la de la igualdad de resultados de los aprendizajes y, en segundo lugar, como veremos inmediatamente, porque la herramienta de las evaluaciones educativas constituye un componente fundamental para el desarrollo de cualquier sistema educativo moderno. Particularmente para aquellos sistemas educativos que, orientados filosóficamente hacia la equidad, han de estar permanentemente monitoreando los resultados obtenidos en la materia.


Extraído de:
Encuentros y desencuentros con los procesos de evaluación de la calidad educativa en América Latina
Javier Bonilla Saus
En: Evaluar las evaluaciones
Una mirada política acerca de las evaluaciones de Calidad Educativa
IIPE UNESCO
En la sección “Biblioteca” hay un link hacia el PDF completo

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Busca en mis sitios